Oxitocina e instinto maternal

Si la mente humana es un universo bioquímico todavía por explorar, las emociones humanas representan los agujeros negros más inalcanzables. No es que hayamos dilucidado por completo el funcionamiento racional y sensorial del cerebro —¡ni de lejos!—, pero resulta mucho más intuitivo imaginar qué tipo de engranaje molecular puede conectar la percepción de haces de luz con la visualización de un color, que entender la orquestración molecular escondida tras la toma de decisiones asociadas a una emoción.

De todas las moléculas a las que se atribuye la capacidad de hacernos sentir e incluso modular nuestro carácter, la oxitocina es —seguramente— una de las que ha cobrado más fama en los últimos años. Des de hace tiempo se le atribuye, entre muchas otras cosas, la capacidad de generar comportamientos maternales, pero lo cierto es que hasta hace poco no teníamos ni una pista acerca de qué cómo, cuando y porqué funcionaba.

En un trabajo aparecido recientemente en la revista Nature, un equipo de investigadores de la Universidad de Nueva York muestra lo que podría ser un importante peldaño de la escalera hacia las profundidades de esta hormona. El experimento de base no es del todo nuevo; se trata de convertir a una hembra virgen de ratón, totalmente insensible a los gritos de una cría, en una madre ejemplar inyectándole repetidas dosis de oxitocina. Lo innovador del caso es que el desarrollo de las técnicas de imagen in vivo ha permitido observar —entre otras cosas— como determinadas neuronas de la región auditiva del córtex cerebral, inicialmente insensibles al sonido de la cría, se ponían en funcionamiento ante la presencia de oxitocina.

Obviamente, el descubrimiento es todavía muy preliminar, y no consigue explicar por completo el cambio de comportamiento en el pequeño animal, pero resulta fascinante no solo por como el cerebro humano es capaz de reprogramarse a partir de una sola molécula, sino también por como la naturaleza mantiene sucon carácter ahorrador, seleccionando mecanismos de control situados a la raíz del proceso. En este caso, la clave de despertar o aletargar instintos esenciales de la identidad maternal reside en activar o desactivar los canales que trasladan un determinado señal acústico (el llanto de una cría de ratón) al lugar donde tiene lugar la toma de decisiones; es decir, en ausencia de oxitocina, el llanto de la cría no pasa de ruido de fondo y así el cerebro se ahorra toda la energía de procesar la información y decidir si hace falta actuar en consecuencia o no. Simplicidad y eficiencia, igual que en tantos otros procesos fisiológicos.

Como siempre, conviene no excederse en las conclusiones y no caer en la trivialización inflacionista que a menudo acompaña a este tipo de descubrimientos en su conquista de la audiencia. Está claro que la oxitocina juega un papel caudal en los sentimientos de maternidad y compasión, pero de ello no se infiere necesariamente que la liberación de esta hormona sea el único camino para llegar a ellos, y ni siquiera que el pico de oxitocina en sangre sea una condición suficiente para desarrollarlos. Dicho esto, disfrutemos de lo fascinante del descubriemiento.

facebooktwittergoogle_plusredditpinterestlinkedinmailby feather

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.