Mejores alimentos, pero peor alimentación

A menudo juzgamos el progreso según los quilates de tecnología que contienen las cosas, pero en el fondo el movimiento se demuestra andando y, por mucha tecnología que metamos en un campo, el progreso no es progreso si no nos ayuda a ir hacia adelante. Recientemente, la revista Lancet Global Health ha publicado un trabajo de aquellos que pone en evidencia cómo a veces somos capaces de las transformaciones más sofisticadas y, en cambio, se nos escapan las más fáciles y esenciales.

El trabajo en cuestión es una revisión sistemática que analiza los cambios en la calidad alimentaria del planeta a lo largo de las últimas décadas. Para ello han recopilado información de hábitos dietéticos de 178 países (cubriendo el 89% de la población adulta del planeta) entre 1990 y 2010. Los datos han sido estratificados por sexo, edad, país y renta, y las dietas se han clasificado según su contenido en alimentos saludables (fruta, verdura, legumbres, etc.) y alimentos poco saludables (grasas saturadas, azúcares añadidos, etc.).

El resultado da que pensar: los países con rentas más elevadas hemos conseguido aumentar la ingesta de alimentos saludables (por encima de los paises con rentas bajas), pero tras hacer el balance con los poco saludables, resulta que continuamos alimentándonos peor que los países con menor renta. En los extremos de calidad alimentaria, países como Myanmar, Laos o Mali (algunos con aparentes dificultades para añadir diversidad a sus dietas) le están pasando la mano por la cara a EEUU o Bélgica en calidad nutricional. Y, como no podía ser de otra manera viniendo del Homo sapiens globalizado, los países emergentes están en el camino de reproducir los mismos patrones que los de rentas altas, y ya han empezado a sustituir la dificultad de acceso a los alimentos por la obesidad y las dietas ricas en alimentos poco saludables.

Resulta innegable que la tecnología alimentaria ha mejorado la seguridad de los alimentos, ha modificado la producción de alimentos para que sean menos dependientes de las condiciones climáticas y ha permitido adaptar el acto de alimentarnos a los ritmos de la sociedad industrializada actual (entre otros), pero como solía decir una compañera de profesión “al final, fallamos en lo básico”. Dejando a un lado el valor cultural de la gastronomía, comer es —en esencia— alimentarse; ingerir todo aquello que el cuerpo precisa para existir de una forma saludable. Si la tecnología alimentaria consigue multiplicar las estanterías de los supermercados, pero fracasa en el objetivo de alimentemos mejor, algo estamos haciendo mal. En fin, es solo una reflexión…

facebooktwittergoogle_plusredditpinterestlinkedinmailby feather

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.