La era de la microbiota

Recuerdo como en mis años de facultad los temarios pasaban como de puntillas por encima de la flora bacteriana (en adelante, acostumbrémonos a llamarle “microbiota”). Las bacterias que habitaban el tracto intestinal aún tenían la suerte de ayudarnos a hacer la digestión, pero el resto de microbiota —la de la piel o la de la boca, por ejemplo—, estaban allí un poco por accidente; talmente como si fuéramos nosotros los que eligiésemos dejarlas existir porqué —al fin y al cabo— tampoco molestan tanto. Pero lo cierto es que no tantos después, el imaginario colectivo está siendo conquistado por la idea de que nuestra vida es como es gracias a estos microorganismos, y que su papel es relevante hasta el punto de que un desequilibrio en su ecosistema nos torna más vulnerables a ciertas enfermedades o puede incluso provocarlas.

La carrera por comprender el papel de la microbiota en nuestra integridad fisiológica no ha hecho más que empezar, y cada poco tiempo aparecen en los medios de actualidad cientifico-médica nuevos descubrimientos al respecto. Esta semana un artículo resumen del Journal of the American Medical Association se ha hecho eco de un interesante descubrimiento que refuerza la hipótesis de que nuestra alimentación puede estar alterando la diversidad de nuestra microbiota. Investigando la relevancia de mantener la selva (en contraposición a la agricultura) como fuente de producción en términos de riesgo de hambruna y crisis alimentaria, un grupo de investigadores ha identificado la microbiota más rica del planeta en una tribu de la selva suramericana (los llamdos Yanomami). Curiosamente, la microbiota bucal de esta tribu era muy parecida (de promedio) a la de un ciudadano de EEUU; sin embargo, tanto la microbiota intestinal como la de la piel tenían una biodiversidad muy superior, ostentando el número uno en el ranking de diversidad bacteriana conocida hasta el momento.

Más allá de la rivalidad anecdótica de “a ver quién la tiene más grande”, el hallazgo apoya la hipótesis de que la ingesta de alimentos muy procesados empobrece drásticamente el ecosistema bacteriano de nuestro organismo. Y es que por lo visto, mal nos pese a los amantes de la gastronomía, el perfeccionamiento en el refinado de los cereales, las harinas o el azúcar está haciendo nuestros arroces y guisos más apetitosos, pero también está fulminando nuestro ecosistema bacteriano.

El tiempo nos dirá cuál es la relevancia clínica de un ecosistema bacteriano pobre en lo que respecta a alergias, intolerancias o incidencia de enfermedades infecciosas, pero tengo la impresión de que estamos dando los primeros pasos por un nuevo campo terapéutico y que el medicamento concebido como una molécula activa va a tener que ceder un poco de sitio a estrategias terapéuticas basadas en la manipulación del ecosistema bacteriano de nuestro organismo. Mientras tanto, les dejo con una selección de charlas (TED) sobre nuestra relación con las bacterias.

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